Pastos


La mejora de pastos implica normalmente la puesta en práctica de varias acciones. La primera acción a desarrollar es la creación de una adecuada infraestructura de cercados y abrevaderos, que permitan un correcto manejo del ganado presente. Una vez se disponga de la infraestructura adecuada, se determinará el método de mejora a emplear. Hay tres métodos de mejora de pastos:

  • Mediante manejo.
  • Mediante fertilización y manejo.
  • Mediante introducción de especies, fertilización y manejo.

La elección de un método u otro va a depender de criterios técnicos, de la disponibilidad económica y de la necesidad de una respuesta más o menos rápida. Basándose únicamente en criterios técnicos, elegir un método u otro depende de la flora existente y del potencial productivo del suelo.

El pastoreo permite controlar la competencia entre los distintos componentes del pasto. Un método correcto de utilización de los pastos tiene una importante repercusión en la composición botánica y, por tanto, en su producción y calidad, favoreciéndose la presencia de unas especies sobre otras en función de la carga ganadera empleada.

El sistema de pastoreo recomendado es el de aprovechamiento continuo con carga ganadera variable, pudiendo resumirse en las siguientes pautas:

  • En los meses de octubre y noviembre la carga ganadera será mínima o nula, con el objetivo de que las plantas puedan desarrollarse y adquirir reservas lo que facilitará la capacidad de rebrote.
  • Durante el invierno hasta el comienzo de la floración, se recomienda un pastoreo más intensivo, manteniendo el pasto a una altura no superior a los 3 cm.
  • Al inicio del periodo de floración se ajustará la carga ganadera, disminuyéndose hasta el límite en el que los animales sólo vayan despuntando. Esto favorece la producción de semillas de las leguminosas pratenses.
  • En verano, una vez que se agosten las plantas, se intensificará nuevamente el pastoreo hasta eliminar el exceso de pastos, para así favorecer la emergencia de las plantas en otoño.

Cuando existe una proporción aceptable de leguminosas en el pasto natural (cobertura >10-15 %), la fertilización fosfórica, junto con un adecuado manejo, se convierte en una mejora con resultados contrastados. La respuesta a la fertilización implica un aumento de la cantidad de leguminosas en el pasto, dotándolo de mayor calidad y producción.

Los suelos sobre los que se asientan los pastos en Extremadura son, en su mayoría, muy deficientes en fósforo y nitrógeno e incluso en potasio, y el fósforo es el principal factor limitante para el desarrollo de las plantas. La fertilización fosfórica provoca un nivel de respuesta muy significativo siendo, en general, mayores las necesidades de fósforo en suelos pizarrosos que en suelos graníticos.

La dosis de fertilización fosfórica dependerá de la fertilidad del suelo, recomendándose como norma general para aquellos con una fertilidad media, entre 36 UF de P2O5/ha (200 kg/ha de superfosfato al 18%) el primer año y unas 27 UF de P2O5/ha (150 kg/ha de superfosfato al 18 %) aplicado en otoño (después de las primeras lluvias).

Las necesidades de nitrógeno son cubiertas por la simbiosis leguminosas-rhizobium, siendo beneficioso un pequeño aporte de 24 UF/ha de N en los primeros estadios de desarrollo de las plantas, sobre todo para acelerar el desarrollo de las gramíneas de cara a aumentar la producción otoñal.

En cuanto al potasio, normalmente no hace falta aplicar cantidad alguna, pero cuando el contenido en potasio asimilable sea inferior a 0,2 meq/100 g, será conveniente una aportación de 50 UF de K2O/ha (100 kg/ha de ClK). En años sucesivos el potasio se recicla por las excreciones del ganado.

Cuando el pasto se encuentra invadido de matorral y/o la proporción de leguminosas es escasa o nula, el manejo adecuado y la fertilización deben complementarse con la introducción de pratenses mediante siembra.

Este tipo de mejora requiere una visión integral del proceso a emplear. La técnica de siembra tendrá que permitir no sólo un buen establecimiento de la vegetación introducida, sino también una máxima reducción de los riesgos de erosión y degradación del suelo. La mezcla de especies a utilizar tendrá que ser equilibrada y las semillas de leguminosas tendrán que estar inoculadas con cepas específicas de rhizobium, siendo necesario un control del pastoreo especialmente en momentos críticos.

El éxito del establecimiento de una pradera de leguminosas pratenses depende, en gran medida, de la técnica de siembra. Esta debe ser respetuosa con el medio ambiente y conseguir el enterramiento total de las semillas a una profundidad no superior a 2 cm en suelos blandos, nivelados y húmedos.

El método tradicional consiste en una preparación previa del terreno, en primavera, con grada de disco, sembrando en otoño con una sembradora de botas o a voleo y posterior enterrado de las semillas mediante pase de rulo. Este método supone un riesgo de erosión durante los meses siguientes a la práctica de las labores, que puede ser mitigado mediante el empleo de técnicas de siembra directa o mínimo laboreo.

La época de siembra más adecuada es al final del verano o comienzo del otoño (primera quincena de octubre), antes de las primeras lluvias o inmediatamente después, momento en el que las temperaturas templadas permiten una buena germinación de las semillas.

Cuanto más diversa es la composición botánica de un pasto, mayor capacidad para soportar periodos estacionales de sequía. Esta es la principal razón por la que otras especies como: Trifolium glomeratum L., Trifolium striatum L., Trifolium cherleri L., Ornithopus compressus L. y Biserrula pelecinus L., presentes en los pastos naturales, son utilizadas en la mejora de nuestros pastos junto con otras especies menos abundantes como: Trifolium michelianum Savi., T. resupinatum L., T. incarnatum L., T. vesiculosum Savi. y T. hirtum All. (Rivas Goday, 1964).

Las leguminosas pratenses autóctonas de segunda generación se emplean en mezclas de siembra para aumentar la probabilidad de alcanzar un pasto productivo, equilibrado y persistente, evitando la vulnerabilidad de los pastos formados por una sola especie.

En Extremadura se han desarrollado estudios para el diseño de mezclas productivas y equilibradas a partir de ecotipos autóctonos, determinando como una mezcla óptima por hectárea la formada por Trifolium subterraneum L. (8 kg), T. striatum L. (3 kg), T. cherleri L. (3 kg), Ornithopus compressus L. (3 kg), Biserrula pelecinus L. (2 kg) y Trifolium glomeratum L. (1 kg).

Actualmente se está recurriendo a la incorporación de una cantidad variable de gramíneas de alto valor forrajero a las mezclas de siembra, lo que aumenta la producción otoño-invierno. En el suroeste español es utilizada la mezcla de 3 o 4 variedades de trébol subterráneo, de diferentes ciclos de floración, junto con leguminosas pratenses de 2ª generación y gramíneas anuales como ray-grass, dactilo, triticale o avena. Mezclas de 20 kg/ha de pratenses con 45 kg/ha de triticale están dando muy buenos resultados. Con esta técnica se pretende aumentar la producción forrajera en los meses de otoño-invierno, producción limitada por el bajo crecimiento de las leguminosas en los meses fríos de diciembre y enero que, sin embargo, se ve compensada con el mayor crecimiento que presentan las gramíneas en el mismo periodo.

La obtención de nuevas variedades adaptadas a las condiciones de clima y suelo de las distintas regiones, unido a la resistencia a parásitos, ha proporcionado incrementos, a veces espectaculares, en la cantidad y calidad de las cosechas, contribuyendo a mejorar la productividad agraria.
En una Comunidad Autónoma, eminentemente agrícola y ganadera como la extremeña, es importante la obtención de variedades vegetales con incidencia económica en la agricultura regional. En este sentido, la Consejería de Empleo, Empresa e Innovación, a través del Centro de Investigación La Orden-Valdesequera, desde los años 70 viene desarrollando programas de selección de especies agrícolas de interés para la región.
Durante la década de los 70, se impulsó el estudio sobre la mejora de los pastos en zonas semiáridas con suelos ácidos, iniciándose un primer programa de selección de leguminosas pratenses anuales (trébol subterráneo, medicagos anuales, ornithopus compressus, etc.), con el fin de obtener variedades autóctonas que mejorasen la producción y calidad de los pastos, y estuvieran perfectamente adaptadas a tan específicas y variables condiciones edafoclimáticas. Al mismo tiempo se inició la mejora de gramíneas perennes con festuca alta, asi como la de los cereales. Este último trabajo se potenció en 1981 con la colaboración de diversas instituciones internacionales, destacando los trabajos de selección de variedades de triticale.


En 1980 se inició el Plan Nacional de Leguminosas y con él, un proceso de selección de altramuces, dada la potencialidad que este cultivo tiene en la producción de proteína vegetal y su incorporación a las raciones de animales domésticos.

 
En 1985 fue abordado un programa de selección de variedades de garbanzo de invierno, así como de pimiento para pimentón. Todos estos programas de selección, han dado como resultado la obtención de variedades que tienen como característica común su adaptación al clima y suelo de la región extremeña, además de su calidad y producción.

 

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http://biblioteca.observatoriodehesamontado.gobex.es/search/showfiles.php?id=34b056224e8d9a334efdf7bbe1b07964

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